miércoles 4 de febrero de 2009

La pérdida de la inocencia


Todos venimos con una estrella, al menos eso es lo que toda la gente dice cuando se quiere referir o reafirmar el destino que cada quien ha llevado para sí. Yo más bien creo que todos somos una esencia, como los perfumes, con aroma distinto. Quizás es lo mismo al final, solo que con otras palabras y en imágenes distintas.

Recuerdo cuando mi hermana descubrió a sus cuatro años que Santa Claus no existía. Es más, ella rompió ese mito en mí…”Santa Claus no existe, es mi papá el que nos compra todos los juguetes y los ponen debajo del árbol”. Quién iba a decir, que un niño, le quitaría esa venda de los ojos a otro niño. Pero ahora ya no me sorprende: sucede que mi hijo José Pablo, de casi 7 años, tampoco cree en él. Es más, nunca lo ha creído. Sabe que papá y mamá son los que consiguen el dinero “de algún lugar que no se sabe” y van a Hiper a comprar juguetes o a otra tienda.

Pero este escrito no es ni sobre Santa, ni tampoco de la Navidad. Afortunadamente, porque muy poca gente que me conoce sabe que esas fechas para mí son un asco.

Si ponemos en el motor de búsqueda de cualquier página las palabras “pérdida de la inocencia” nos encontraremos con miles de artículos, blogs, comentarios y todo lo posible y por haber (incluyendo canciones) que hablan sobre esto. Y todos caen en lo mismo: sabemos que nacemos con una pureza innata y que el precio de la experiencia conforme pasa el tiempo, es esa pérdida incontenible e irrecuperable de nuestro identidad pura, y se le da paso a ese grado de malicia.

Recién estoy leyendo un libro de Sade, en cuyo prólogo aparece algo así “Bondad y maldad son un producto de la civilización, formas de conducta que varían según factores ajenos a la moral. Si nos acostumbramos a hacer el mal, pronto nos sentiremos fascinados por lo que en principio nos podría repugnar. La moral ha de ser sustituida por la fuerza. Y si la naturaleza hizo fuertes a unos, ¿por qué éstos han de renunciar a su poder?”

Tanto nuestros propios actos han fulminado con trozos de inocencia ajena y la nuestra, como los actos de otros lo han hecho contra nosotros y con la de ellos mismos. Es un canibalismo feroz y tan natural, como respirar. Sucede todos los días, en este mismo instante, alguien podría estar clavando una mancha en la hoja blanca de sí mismo mediante el espejo o bien recibiendo el clavo desde el otro lado de la calle (dicho metafóricamente). A veces, el poder es de uno, a veces la estafeta es del otro, y así, va girando el mundo, se destruyen astros, nacen nuevos y otros tantos ya no logran reconocerse el brillo en los ojos a través del paso del calendario.

Momentos tan fugaces, pero que fueron el inicio de esa reacción en cadena, como la primer mentira que dijimos cuando niños a nuestros padres, como la primer cosa que tomamos sin permiso, el haber copiado en algún examen, el cigarro clandestino en el baño del colegio, el novio (o la novia) que le bajamos a nuestro mejor amigo porque no pudimos resistir la tentación, la primera vez que traicionamos, las muchas veces que hablamos de amor sin sentirlo y cuando le dijimos a alguien un “no me gustas” tan certero, por miedo al rechazo. Todo esto envuelto en una doble vía, donde tanto fue lo que matamos, como lo que mataron en nosotros. Esa tan famosa ley de compensación que cuando se vuelve en un cobro hacia nosotros, no hubiéramos querido jamás saber de ella. Esas lágrimas que causamos, que nos causaron y ese beso con golpe que no veíamos venir, pero que llegó.

Recién ahora entienden muchos que la pérdida de la inocencia no es solamente perder la virginidad sexual, sino que va mucho más allá de lo que físicamente podríamos soportar. Por eso es que cuando uno se sienta y respira el dolor de otro pedacito de inocencia que se despide, se pregunta ¿cuándo termina?

No se podría hacer (al menos a mí me lo parece así) un balance entre lo que se pierde y se gana en este trance, porque cada uno diría que es más lo que ha perdido, que lo que ha ganado y viceversa. Todo dependiendo de esa “buena o mala estrella”.

Pero quizás, escribiría sobre mí, sin dar detalles. En estos momentos en los que veo que voy perdiendo a pasos agigantados una buena porción de esa inocencia (la poca que todavía poseo si se pudiera cuantificar), y que todavía me falta aún perder, cuestión de días. Ese miedo tan inmenso que sentí hoy en la madrugada a través de una pesadilla, en donde un fantasma arrancaba de mi vientre un trozo de naturaleza muerta y yo me veía con las entrañas abiertas y sollozaba sin pronunciar ni una sola palabra. Porque en ese momento, en el fondo, sabía que eso tenía que suceder.

Nadie, absolutamente nadie, entendería que esa buena tajada que pierdo es por el mismo amor a la inocencia. Por eso tan utópico que mi espíritu no se resigna a asesinar y que lo llevado a meterse en una guerra encarnizada por sobre la razón y esa contaminada realidad que mucha gente a mi alrededor se empecina en darme por cucharadas todos los días. Siento que la vida, con su corazón que late y que crece día con día, no tiene ningún sentido en tirar su semilla en este lado del mundo, si se alimenta con el sol de los rencores y con el agua avinagrada del odio. Porque uno, aunque no lo quiera, depende de buenos temporales para fortalecerse, porque uno no puede componer su aparato digestivo con leche agria. Balbuceos de vacuidad y de sombras. Sogas de deseos sin cumplir que se alimentan de las entrañas de la desdicha y de sentirse Dios para apuntar con el dedo a una Suerte sin nombres, con tal de acariciar lo que no es posible acariciar por un mero capricho natural.

Y al final todos jugamos a ser seres supremos, a sentir que debemos y necesitamos calmar, llenar, saciar y edificar en nosotros y en otros, lo que no es posible realizar con las manos sucias. Una espada de doble filo, por decirlo así: donde tanto estoy asesinando, como me suicido.

Le pueden poner miles de nombres: resentimiento, venganza, frustración, desespero, y aún así, seguir siendo un interminable enigma, para quien quisiera recibir las razones acostumbradas con esa sensación de quien lo sabe todo y desconoce mucho.

Por eso se dice que cada cabeza es un mundo, como cada alma es un universo. Por eso no me interesa que nadie lo entienda. Me corresponde ser yo el creador del plato, donde he de comer el propio dolor y sufrimiento, por las vidas que sea posible contar.

Esos crímenes perfectos que nos gusta cometer…a todos.

2 comentarios:

Yaxkin Melchy dijo...

Hola, fu eun placer compartir esa lectura Xibalba en Guate. un abrazo

Ellen Tamara Durán Wong. dijo...

Es cierto, todos los días pierdo un poco de inocencia y a veces por idiota la recupero y me burlo de mi misma en el intento...

Excelente leerte