Mi corazón fragoso ardeen el penacho mágico de su encanto,
la noche es una pantera que acaricio
con el aire inocente de los sueños,
que descienda el plumaje del éxtasis
y cobije los dones nonatos de mi espíritu,
danzas tribales de dioses y diosas
en los vértigos que dibuja mi insomnio.
De las costillas me refulgen los cometas que navegan
atravesando las células del silencio,
y ante el dolor de parirlos
se riegan de colores los abismos,
soy lo innombrable de la bondad de magos y hechiceras,
la candidez de tu piel envuelve cadáveres pretéritos.
En dentelladas de mi vientre degusto la orquídea
que te nace en los labios,
el infierno amarra lenguas y desata
las mieles contenidas en el paraíso de los verdugos,
vierto sulfuro de estrellas
en los aceites aromáticos de mi sensualidad,
dermis que se levanta
y deambula por las papilas gustativas del placer.
Del óleo de tu naturaleza es mi pincel,
de los matices de tu aura mis ojos esclavos,
amordázame y esculpe en mis huesos
la lápida en honor a mi debilidad…
La poesía es la llama que otorgas de mano en mano
¿quién habría de humedecerlas antes de recibirla?
Mi mente es el caos diamantino en males colectivos,
tranvía de irregularidades,
pueblos fantasmas, aglomeración de sudores.
Poseidón, Agitador de la Tierra,
el océano iluminado espera,
hundámonos, éste no será el bautizo de mi tiempo,
será el sacrificio leve entre tus fauces,
porque en las olas de tu saliva:
Su alma es la tormenta…
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